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Cada semilla plantada es un acto de resistencia y un pacto con el futuro.

En el extremo norte de Mato Grosso, la ocupación desordenada de la selva amazónica y los territorios de las comunidades indígenas sufren las consecuencias del cultivo insostenible de soja, la minería ilegal y la ganadería. La deforestación y la tala indiscriminada generan impactos significativos para estas comunidades, que dependen de la agricultura tradicional para su subsistencia. Este proceso ya ha comprometido áreas de conservación de tierras indígenas y recursos hídricos.
Todas estas actividades impactan directamente a diversas comunidades, y sus efectos se ven amplificados por el cambio climático, especialmente por la escasez de lluvias, lo que compromete la seguridad alimentaria y la agricultura tradicional de tala y quema.

Es en este contexto que el Instituto Amazonas resiste y fortalece sus raíces. El creciente impacto del cambio climático hace que este desafío en la búsqueda de soluciones sea cada vez más urgente. Al conectar las prácticas agroforestales con el conocimiento ancestral indígena, desarrollan métodos innovadores que no solo mitigan los daños en las comunidades indígenas, sino que también pueden replicarse en centros urbanos, contribuyendo a la biodiversidad de las ciudades, la restauración del suelo y la reducción de las emisiones de carbono.
“La plantación de plántulas nativas y la restauración de áreas degradadas en tierras indígenas contribuyen a la regeneración de la biodiversidad y a la mejora de la calidad del suelo y del agua. La agroforestería urbana, las fincas tradicionales y los huertos frutales garantizan el acceso a alimentos saludables, preservan las prácticas agrícolas ancestrales y promueven la autonomía alimentaria y el fortalecimiento de la seguridad alimentaria”, afirma un representante del Instituto.
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