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"Si la tierra es madre, es hora de escucharla": en Pará, las mujeres quilombolas siembran justicia climática con conocimientos ancestrales.

En la Amazonía, CEDENPA fortalece a las comunidades negras a través del conocimiento, la escucha y la resistencia, donde la memoria, el cuerpo y el territorio caminan de la mano.
En el quilombo de Abacatal, la tierra no es una mercancía: es madre, vida, memoria. Allí, en las afueras de Belém-PA, las mujeres negras mantienen viva una historia de más de 300 años de resistencia. Se enfrentan a inundaciones, desalojos, proyectos a gran escala y al abandono del Estado. Pero nunca han estado solas. Desde 1980, han caminado junto a CEDENPA (Centro de Estudios y Defensa de la Gente Negra de Pará), una organización fundada por mujeres negras que, como la define Nilma Bentes, se construyó a sí misma "a media capoeira": levantándose, retrocediendo, siempre volviendo a ponerse de pie.
La fuerza de CEDENPA no reside en fórmulas prefabricadas. Reside en la escucha, en el conocimiento que brota de la vida y regresa a ella. En los cursos introductorios, las reuniones y las sesiones de capacitación que se llevan a cabo con quienes viven en el territorio y con quienes lo cuidan. Está presente en los ancianos que enseñan, en las jóvenes que continúan aprendiendo. Y está, sobre todo, en las mujeres quilombolas, que han enfrentado el racismo ambiental mucho antes de que tuviera nombre:
“Las palabras pueden ser nuevas, pero la violación es antigua”, resume Roberta Sodré, integrante del colectivo juvenil CEDENPA.

Abacatal es un ejemplo vivo de esta lucha. Aun rodeado de violencia e intentos de borrado, el quilombo sigue resistiendo con cantos, con la agricultura, con la memoria. Mujeres como Vanuza Cardoso denuncian las violaciones y reafirman su pertenencia:
“Somos herederas de esta tierra”.
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